Misión Ad Gentes hoy: construir puentes, vivir la unidad
«Uno en Cristo, unidos en la misión» — Una invitación a redescubrir nuestra vocación misionera.
En un mundo marcado por las divisiones, los conflictos, las desigualdades y las barreras culturales, la misión de la Iglesia continúa siendo una invitación a salir al encuentro de los demás para compartir el amor de Dios que Jesucristo nos ha revelado.
En este año 2026, cuando celebramos el centenario de la Jornada Mundial de las Misiones, el papa León XIV nos propone un lema que nos invita a reflexionar profundamente sobre nuestra identidad y responsabilidad como discípulos misioneros: «Uno en Cristo, unidos en la misión».
Estas palabras nos recuerdan que la misión no es una iniciativa individual ni una tarea que pertenece exclusivamente a unos pocos. Es una vocación compartida, que nace de nuestra unión con Cristo y se expresa en la comunión, la fraternidad y el servicio a los demás.
Pero ¿qué significa vivir hoy la misión Ad Gentes? ¿Cómo podemos ser verdaderamente uno en Cristo en medio de nuestras diferencias? Y, sobre todo, ¿qué debemos transformar en nuestras comunidades para convertirnos en auténticos testigos del Evangelio?
Misión Ad Gentes: salir al encuentro del otro

La expresión latina Ad Gentes, que significa «a los pueblos», nos recuerda la vocación universal de la Iglesia, enviada a anunciar el Evangelio más allá de sus propias fronteras.
En su sentido específico, la misión Ad Gentes se dirige a los pueblos, grupos humanos y contextos culturales donde Jesucristo y su Evangelio aún no son conocidos, o donde las comunidades cristianas todavía necesitan fortalecerse para vivir y transmitir su fe.
Esta misión conserva hoy toda su importancia. Sin embargo, no puede reducirse simplemente a trasladarse de un país a otro o a desarrollar actividades religiosas en territorios lejanos.
La misión es, ante todo, una actitud de apertura, encuentro y disponibilidad para compartir el amor de Dios.
Ser misioneros implica aprender a escuchar antes de hablar, comprender antes de juzgar y acercarnos a los demás con respeto, humildad y sensibilidad hacia sus realidades.
No vamos al encuentro de otros pueblos para imponer nuestras costumbres o demostrar una supuesta superioridad cultural. Vamos para compartir la Buena Nueva de Jesucristo, reconocer la dignidad de cada persona y descubrir cómo el Espíritu de Dios actúa también en las realidades humanas que encontramos.
En este proceso, el misionero no solamente tiene algo que ofrecer: también tiene mucho que aprender.
La misión se convierte así en un camino de encuentro, diálogo y transformación mutua, donde el Evangelio se anuncia con palabras, pero también —y de manera indispensable— mediante el testimonio de una vida entregada al servicio de los demás.
No somos islas ni constructores de muros: estamos llamados a construir puentes

Uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo es superar la tendencia a encerrarnos en nuestros propios espacios, ideas, culturas y maneras de comprender el mundo.
Esta realidad puede manifestarse también dentro de nuestras comunidades cristianas, cuando las diferencias se convierten en motivos de separación, cuando defendemos nuestros propios intereses por encima del bien común o cuando dejamos de escuchar a quienes piensan y actúan de manera distinta.
Sin darnos cuenta, podemos terminar construyendo muros donde deberíamos abrir caminos de encuentro.
Pero la misión no nos llama a levantar barreras, sino a construir puentes.
Puentes entre culturas, generaciones y comunidades. Puentes entre quienes tienen diferentes experiencias de fe. Puentes que permitan superar prejuicios, sanar heridas, promover la reconciliación y descubrir aquello que nos une.
Construir puentes no significa renunciar a nuestra identidad cristiana ni desconocer las diferencias. Significa aprender a vivirlas desde el respeto, el diálogo y el amor.
Jesús mismo nos mostró este camino. Se acercó a quienes eran excluidos, compartió la mesa con personas rechazadas por la sociedad y atravesó las barreras culturales y religiosas de su tiempo para revelar el amor misericordioso del Padre.
Por eso, una comunidad auténticamente misionera no puede encerrarse en sí misma ni vivir indiferente a las necesidades de los demás.
No somos islas destinadas a permanecer separadas. Somos parte de una misma humanidad y estamos llamados a ser signos de comunión.
La misión comienza cuando tenemos el valor de salir de nuestras seguridades, abrir las puertas y reconocer en el otro a un hermano o una hermana con quien podemos caminar.
Uno en Cristo: la unidad no significa uniformidad

En su mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2026, el papa León XIV nos invita a contemplar la oración de Jesús al Padre:
«Que todos sean uno [...] para que el mundo crea que tú me enviaste» (Jn 17,21).
Esta oración revela que la unidad no es simplemente un ideal de convivencia, sino una dimensión esencial de nuestra identidad cristiana y de nuestra misión.
Sin embargo, ser uno en Cristo no significa que todos debamos pensar de la misma manera, tener las mismas capacidades, pertenecer a una misma cultura o expresar nuestra fe de forma idéntica.
La verdadera unidad no elimina la diversidad: la acoge, la valora y la transforma en una riqueza compartida.
En nuestras comunidades encontramos personas con historias, sensibilidades, talentos y vocaciones diferentes. Algunas anuncian el Evangelio mediante la palabra; otras, a través del servicio, la educación, la solidaridad, la oración o el acompañamiento de quienes sufren.
Todos estos dones son valiosos cuando se ponen al servicio de una misma misión.
El problema comienza cuando dejamos de reconocer los dones de los demás, cuando consideramos que nuestra manera de actuar es la única válida o cuando permitimos que las rivalidades y los protagonismos personales debiliten la comunión.
Una comunidad dividida difícilmente podrá anunciar de manera convincente un Evangelio de amor y reconciliación.
Por eso, estar unidos en la misión requiere aprender a colaborar, compartir responsabilidades, valorar los diferentes carismas y reconocer que nadie puede realizar por sí solo la misión que Cristo ha confiado a toda su Iglesia.
Nuestra diversidad debe convertirse en una oportunidad para crecer juntos y no en una excusa para separarnos.
No somos los protagonistas: el Espíritu Santo guía la misión

En ocasiones podemos caer en la tentación de pensar que la misión depende principalmente de nuestros esfuerzos, capacidades, proyectos o resultados.
Nos preocupamos por organizar actividades, desarrollar iniciativas, alcanzar objetivos y demostrar logros. Aunque estos esfuerzos son importantes, corremos el riesgo de olvidar una verdad fundamental: la misión no nos pertenece.
La misión tiene su origen en el amor de Dios Padre, se manifiesta plenamente en Jesucristo y continúa realizándose por la acción del Espíritu Santo.
San Juan Pablo II, en su encíclica Redemptoris Missio, nos recuerda que el Espíritu Santo es el verdadero protagonista de toda la misión de la Iglesia.
Nosotros somos colaboradores, servidores e instrumentos de esa acción divina.
Esto significa que no estamos llamados a buscar reconocimiento personal, imponer nuestros propios proyectos o convertirnos en el centro de la actividad misionera.
El centro de la misión es Jesucristo; quien la anima, inspira y conduce es el Espíritu Santo.
Es Él quien abre caminos donde aparentemente no los hay, quien suscita vocaciones, quien fortalece a las comunidades y quien prepara los corazones para acoger la Buena Nueva.
Nuestra responsabilidad es permanecer atentos a su presencia, discernir su voluntad y dejarnos conducir con humildad y confianza.
Ser instrumentos del Espíritu Santo exige aprender a escuchar, reconocer nuestras limitaciones y aceptar que Dios puede actuar de maneras que superan nuestros planes y expectativas.
También implica alegrarnos por los frutos que surgen del trabajo de otras personas y comunidades, porque lo verdaderamente importante no es quién recibe el reconocimiento, sino que el amor de Dios llegue a todos.
No somos dueños de la misión ni sus protagonistas. Somos instrumentos en las manos de Dios, llamados a colaborar con la acción del Espíritu Santo para cumplir la voluntad del Padre.
La misión comienza también en nuestras propias comunidades

Aunque la misión Ad Gentes nos impulsa especialmente hacia aquellos pueblos y realidades donde el Evangelio todavía no ha sido anunciado, nuestra capacidad de colaborar en ella está profundamente relacionada con la manera en que vivimos la fe dentro de nuestras propias comunidades.
¿Cómo podemos anunciar la reconciliación si vivimos divididos? ¿Cómo podemos hablar del amor de Dios si somos incapaces de escuchar y acoger a nuestros hermanos? ¿Cómo podemos invitar a otros a caminar juntos si nuestras comunidades están marcadas por el individualismo o la competencia?
Estas preguntas nos invitan a examinar la coherencia entre aquello que anunciamos y la manera en que vivimos.
Ser «Uno en Cristo, unidos en la misión» debe traducirse en actitudes concretas: escuchar con respeto, superar los conflictos mediante el diálogo, compartir responsabilidades, acompañar a quienes atraviesan dificultades y trabajar con otras comunidades e instituciones por el bien común.
También significa abrir espacios donde los jóvenes, las familias, los laicos y laicas, las personas consagradas y los ministros ordenados puedan aportar sus dones y participar activamente en la vida y misión de la Iglesia.
La comunión misionera no se construye únicamente mediante grandes encuentros o celebraciones. Se fortalece en los pequeños gestos cotidianos de fraternidad, generosidad, solidaridad y servicio.
Una comunidad verdaderamente unida no es aquella donde nunca existen diferencias, sino aquella que aprende a afrontarlas con amor, respeto y espíritu de reconciliación.
Cuando nuestras comunidades se convierten en lugares de acogida, donde cada persona es valorada y nadie queda excluido, comenzamos a hacer visible el Evangelio que estamos llamados a anunciar.
Una misión compartida, una responsabilidad de todos

El Mes de las Misiones nos recuerda que todos los bautizados estamos llamados a participar, según nuestra vocación, en la misión evangelizadora de la Iglesia.
Algunos reciben el llamado específico de partir hacia otros pueblos y culturas para entregar su vida al anuncio del Evangelio. Otros participan mediante la oración, la solidaridad, el acompañamiento, la animación misionera y el apoyo a quienes son enviados.
Estas distintas formas de participación no compiten entre sí: se complementan y expresan la comunión de toda la Iglesia.
Para la Sociedad de Misiones Extranjeras de Quebec, esta invitación adquiere un significado particular. Nuestra vocación misionera nos llama a caminar junto a los pueblos, compartir sus alegrías y esperanzas, escuchar sus sufrimientos y colaborar en la construcción de comunidades fraternas, abiertas y solidarias.
No se trata solamente de estar presentes en diferentes países. Se trata de vivir una espiritualidad de encuentro, comunión y servicio, reconociendo que cada pueblo, cada cultura y cada persona tiene algo valioso que aportar.
La misión requiere manos dispuestas a servir, corazones abiertos para acoger y comunidades capaces de colaborar sin buscar protagonismos.
Sobre todo, requiere mantener una actitud permanente de oración y discernimiento, para que nuestras iniciativas respondan verdaderamente a la voluntad de Dios y no solamente a nuestras propias aspiraciones.
Unidos en la misión, enviados por amor

Celebrar los cien años de la Jornada Mundial de las Misiones no significa solamente recordar una historia de evangelización. Es también una oportunidad para renovar nuestra respuesta al llamado que Jesús continúa haciéndonos hoy.
El mundo necesita comunidades capaces de superar sus divisiones, construir relaciones fraternas y ofrecer un testimonio creíble del amor de Dios.
Necesita misioneros y misioneras que sepan escuchar, acompañar y servir. Personas capaces de tender puentes allí donde existen muros, de promover la esperanza donde hay sufrimiento y de favorecer la reconciliación donde persisten las heridas.
Pero, ante todo, necesita testigos que permitan que el Espíritu Santo actúe libremente en sus vidas.
Que este Mes de las Misiones nos ayude a preguntarnos sinceramente: ¿Estamos construyendo puentes o levantando muros? ¿Estamos trabajando por la comunión o defendiendo nuestros propios espacios? ¿Permitimos que el Espíritu Santo guíe nuestros pasos o buscamos imponer nuestros propios caminos?
Que sepamos renovar nuestra disponibilidad para caminar juntos, reconocer los dones de los demás y poner nuestras capacidades al servicio de una misión que siempre será más grande que nosotros mismos.
Porque la misión no se trata de nosotros, sino del amor de Dios que, a través de nosotros, quiere llegar a todos.
Y porque ser «Uno en Cristo, unidos en la misión» no es solamente un lema para celebrar, sino una invitación a vivir cada día como hermanos y hermanas, constructores de puentes e instrumentos del Espíritu Santo.
Reflexión inspirada en el mensaje del papa León XIV para la 100.ª Jornada Mundial de las Misiones, que se celebrará el 18 de octubre de 2026.
Referencias
Papa León XIV — Mensaje para la 100.ª Jornada Mundial de las Misiones (2026). Reflexión sobre la unidad en Cristo, la comunión misionera y la misión del amor.
San Juan Pablo II — Carta encíclica Redemptoris Missio (1990). Véanse especialmente los números 21 y 33, sobre el Espíritu Santo como protagonista de la misión y el sentido específico de la misión Ad Gentes.
Concilio Vaticano II — Decreto Ad Gentes sobre la actividad misionera de la Iglesia (1965). Fundamento conciliar de la actividad misionera de la Iglesia.

