Fiesta de Santa Teresita del Niño Jesús
Bautizados y enviados: todos somos misioneros

Octubre es, por excelencia, el mes misionero. Al iniciar este tiempo de gracia, la Iglesia nos recuerda que, por el simple hecho de estar bautizados, todos nosotros somos misioneros. No somos portadores de teorías, sino testigos del Resucitado, testigos de su presencia viva y depositarios de su envío: «Vayan por todo el mundo y proclamen el Evangelio» (Mc 16, 15).
Un octubre iluminado por grandes testigos de la fe

Este octubre se abre ante nosotros como un cielo poblado de estrellas, lleno de grandes ejemplos de fidelidad y discipulado. Este año providencial nos une a la memoria de San Francisco de Asís, al conmemorarse los 800 años de su Pascua (1226–2026), recordándonos la urgencia de despojarnos de todo para abrazar la pobreza evangélica. Nos acompaña también la firmeza mística de Santa Teresa de Ávila y, de manera muy especial, nos preparamos para celebrar el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND), al conmemorar el centenario de su institución por el Papa Pío XI en 1926.
Descubrir el rostro de Dios: el Amor y la Misericordia
En el umbral de este mes misionero, recordamos con inmensa alegría a la Santa de Lisieux, a nuestra humilde hermana, Santa Teresita del Niño Jesús y de la Santa Faz.
Teresa vivió en un siglo y en un tiempo profundamente marcados por el rigorismo religioso. El catolicismo francés de finales del siglo XIX aún arrastraba las secuelas del jansenismo: una espiritualidad del miedo, del temor a la condenación eterna, sembrada de escrúpulos, puritanismos y predicaciones catastróficas sobre el fin del mundo. Entre esos densos muros de rigidez, nuestra joven carmelita se abrió paso con una audacia única para descubrir el verdadero rostro de Dios: el Amor y la Misericordia.
Esa seguridad y esa amistad con Dios no nacieron en el vacío; germinaron en el seno de su familia. Es de justicia recordar a sus padres, Luis Martín y Zélie Guérin, declarados santos en el año 2015, y a sus hermanas, de modo especial a Léonie, cuya causa de beatificación está en curso. No fueron una familia extraordinaria por estar exenta de problemas, sino por su absoluta fidelidad a las promesas de Dios en medio de las más desgarradoras adversidades cotidianas.
La primera etapa de la vida de Teresa estuvo plagada de dolor, pérdidas, duelos y separaciones prematuras, empezando por la muerte de su madre cuando era solo una niña. Sin embargo, con una tenacidad inquebrantable, supo encontrar a Dios no en las grandes manifestaciones, sino en lo simple, en lo escondido y en lo sencillo de la vida. De ahí brotó su gran grito existencial: “¡Mi vocación es el amor!”. Supo encontrar el Amor, ser el amor, permanecer en él y creer firmemente en él a pesar de la noche oscura de la fe que vivió.

El Pequeño Camino: confiar en Dios desde nuestra pequeñez

Este es el «Pequeño Camino» —la Pequeña Vía de la sencillez espiritual— que la joven Teresa nos regaló. Sus palabras nos siguen iluminando hoy con una esperanza arrolladora cuando nos recuerda que Jesús no nos pide grandes proezas, sino abandonarnos en sus manos, ya que sus brazos son como un ascensor que nos eleva hasta el cielo en nuestra pequeñez. Teresa venció el rigorismo para devolvernos la imagen de un Dios cercano, compasivo y fiel.
Al volver a escuchar su famosa promesa: ‘’Quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra’’, la sentimos más que nunca como nuestra hermana en la misión. Ella sonríe hoy junto a nosotros, que deseamos seguir las huellas de Jesús, a quien ella tanto amó. Su misión fue una misión de puro amor: anunciar, vivir y compartir la fidelidad de Dios.
La misión, una responsabilidad compartida

Teresa revolucionó el concepto de la misión. En una época donde se pensaba que los misioneros debían ser hombres y mujeres de grandes dotes intelectuales, gigantes de fuerza física capaces de adentrarse en tierras lejanas, ella —sin salir jamás de la clausura de su convento— comprendió a la perfección la corresponsabilidad en el trabajo misionero. Comprendió que todo bautizado está llamado a llevar la alegría del Evangelio hasta los confines de la tierra. Por eso, nos enseñó que la primera responsabilidad misionera de la Iglesia no es la estrategia geopolítica, sino renovar y mantener viva la unidad espiritual y fraterna entre sus miembros.
¡Qué gran animadora misionera es Teresa! Su celo apostólico no era teórico, estaba plagado de dinamismo y acción. Animaba con sus cartas a sus hermanos espirituales en las fronteras de la Iglesia: al Padre Adolphe Roulland en China, a quien le enviaba sus fotografías sosteniendo el libro de las misiones como señal de compañía; y al Padre Maurice Bellière, destinado al norte de África. Escribía poemas, canciones, cartas a su tío, pequeñas obras de teatro… y en cada uno de estos gestos latía el único deseo de hacer conocer a Jesús y su Buena Nueva.
En el corazón de la Iglesia: el amor que impulsa la misión

La vida de Teresa del Niño Jesús es un testimonio fascinante de cómo el deseo misionero más ardiente puede brotar y crecer dentro de los muros de un claustro. Ella misma describió con una intensidad sobrecogedora la multitud de vocaciones que sentía arder en su interior: "He sentido la vocación de guerrero, de sacerdote, de apóstol, de doctor, de mártir... Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre y plantar tu cruz gloriosa en suelo infiel", escribió, anhelando no ser misionera por unos años, sino desde el principio del mundo hasta su consumación. Este torrente de deseos, que ella misma llamaba su "martirio", encontró su cauce no en la actividad exterior, sino en el amor: comprendió que en el Cuerpo místico de Cristo, ella sería el corazón desde el cual fluiría el amor que impulsa a todos los apóstoles y mártires. Así, su celo misionero se convirtió en una fuerza concreta y operante, demostrando que la vida contemplativa no es una huida del mundo, sino su motor más profundo.
La animación misionera: oración y fraternidad concreta

Esa fuerza se tradujo en una forma revolucionaria de "animación misionera" que ella ejerció desde su celda, y que la Iglesia reconoció como un modelo. Su "animación" no consistía en discursos ni estrategias, sino en una colaboración espiritual tangible. Mantuvo una correspondencia profunda y mística con dos sacerdotes misioneros: el Padre Adolphe Roulland, destinado a China, y el Padre Maurice Bellière, destinado a África. A través de cartas, les ofrecía no solo oración y sacrificio, sino también signos de una fraternidad concreta: les enviaba sus fotografías, poemas, y hasta un mechón de su cabello como una reliquia de afecto y comunión espiritual. En esta relación, Teresita no buscaba ser una simple "apóstol", sino "apóstol de los apóstoles": su oración y su entrega no tocaban directamente al misionero, sino que, por la gracia de Dios, buscaban encender directamente los corazones de aquellos a quienes ellos evangelizaban. De este modo, ella encarnó la verdadera esencia de la animación misionera: el recordatorio vivo de que la misión de la Iglesia es una obra de todo el Cuerpo, donde la oración contemplativa y la acción evangelizadora son inseparables.
Teresa es animadora misionera porque entendió que la oración es el combustible de la evangelización. Es la gran animadora de los sacerdotes, intercediendo por ellos desde el silencio mientras ellos desgastan su vida en los confines del mundo.

Un corazón cercano a las tierras de Indochina
Y hoy, de manera muy especial, sentimos a Teresa sumamente cercana a nosotros, aquí en estas tierras de Indochina. En su tiempo, ella conoció y vibró con la entrega de los Mártires de Vietnam —como San Teófano Vénard, a quien tanto admiraba—. Ella misma soñó con ser enviada al Carmelo de Saigón o al de Hanoi. Aunque su salud se lo impidió, su corazón permaneció aquí. Por eso, hoy la sentimos viva, intercediendo por nuestra Iglesia local y por cada uno de nosotros.
Santa Teresita, patrona universal de las misiones

Quiso Dios que este sencillo testimonio de Teresa del Niño Jesús fuera elevado a la luz de toda la Iglesia precisamente en un momento crucial para la misión universal. El Papa Pío XI, que la llamó "la estrella de mi pontificado", la beatificó el 29 de abril de 1923 y la canonizó el 17 de mayo de 1925. Poco después, en 1926, el mismo Pontífice instituyó el Domingo Mundial de las Misiones (DOMUND), una jornada para despertar en todos los fieles la conciencia de su responsabilidad misionera. Y en 1927, respondiendo a peticiones de todo el mundo, proclamó a Santa Teresita patrona universal de las misiones, junto a San Francisco Javier. Con este gesto, Pío XI unió de manera definitiva la vida activa y la vida contemplativa en un mismo celo misionero: San Francisco Javier, el incansable viajero que llevó el Evangelio a tierras lejanas de Asia, y Santa Teresita, la carmelita que nunca salió de su claustro pero que, desde él, sostuvo la misión con su oración y su amor.
Un llamado a entregar la vida y confiar en el Padre

Hacemos nuestras las palabras que el Papa León XIV nos dirige para esta jornada:
«Por eso, deseo agradecer especialmente a los misioneros y misioneras ad gentes de hoy; personas que, como san Francisco Javier, han dejado su tierra, su familia y toda seguridad para anunciar el Evangelio, llevando a Cristo y su amor a lugares a menudo difíciles, pobres, marcados por conflictos o culturalmente lejanos. Siguen entregándose con alegría a pesar de las adversidades y las limitaciones humanas, porque saben que Cristo mismo, con su Evangelio, es la mayor riqueza que se puede compartir. Con su perseverancia muestran que el amor de Dios es más fuerte que cualquier barrera. El mundo sigue necesitando estos valientes testigos de Cristo, y las comunidades eclesiales siguen necesitando nuevas vocaciones misioneras, que debemos tener siempre en el corazón y por las que debemos rogar continuamente al Padre. Que Él nos conceda el don de jóvenes y adultos dispuestos a dejarlo todo para seguir a Cristo en el camino de la evangelización hasta los confines de la tierra».
Que el ejemplo de Teresita encienda nuestros corazones en este mes de octubre. Que no tengamos miedo a nuestra pequeñez, sino que confiemos plenamente en la misericordia del Padre.