La vocación de los bautizados: llamado a seguir 
a Cristo y a pastorear con Él

Pedro Emilio Ramirez Ramos, pmé

Hay una hermosa tradición navideña: un baile llamado Los Pastores. Viene de España y aún vive en algunos pueblos de América Latina. Los Pastores danzan mientras tienen los ojos fijos en el Niño Jesús, el Buen Pastor. En su baile rememoran aquel pasaje de Lucas donde los ángeles anuncian: «Hoy les ha nacido el Salvador, el Mesías, el Señor». Cristo nace como Pastor, con el olor de las ovejas, en medio de un establo. Desde el inicio de su vida se identifica con los excluidos, los marginados, los últimos, los vulnerables… con los mismos pastores.

La tradición pastoril fue muy importante en el Mediterráneo y también en el antiguo pueblo de Israel, de donde brotan las fuentes bíblicas. Los profetas comparaban al pueblo con un rebaño y a Dios con el Pastor. Jesús recoge estas tradiciones y se presenta a sí mismo como el Buen Pastor, el Pastor Hermoso.

Aunque para muchos de nosotros, que vivimos en grandes ciudades o en medio de entramados urbanísticos, esta imagen pueda parecer lejana, lo cierto es que el cuidado, el cariño y la relación entre el pastor y el rebaño nos resultan familiares. Es una relación de cuidado mutuo y respeto que, de algún modo, todos practicamos.

La manera en que los discípulos y apóstoles llegaron a confiar en el Señor Resucitado es un tema central de este tiempo de Pascua. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, que leemos durante todo el tiempo pascual, vemos cómo los seguidores de Cristo, después de Pentecostés, son llamados a continuar su obra mediante la misión dentro de la Iglesia.

Todo lo que Jesús hizo en los Evangelios, los apóstoles y discípulos lo continúan haciendo en los Hechos. Y nosotros hoy, discípulos misioneros, estamos urgidos a continuar esa obra porque Jesús está vivo entre nosotros. Esta es nuestra llamada como miembros de la Iglesia. Así como hemos renovado nuestra fe y promesas bautismales en la noche santa de la Pascua, del mismo modo las lecturas de este tiempo pascual nos invitan a escuchar la voz de Cristo, el Buen Pastor, en nuestra vida y a asumir nuestra misión dentro de la Iglesia. Ser nosotros como aquellos pastores de las danzas tradicionales: mantener los ojos en Jesús y la esperanza depositada en Aquel que es la luz del mundo.

La Pascua es tiempo para tomar conciencia de que, por el Bautismo, somos la Iglesia. Y aquello que esperamos que la Iglesia haga es lo que nosotros mismos estamos llamados a hacer como miembros del Cuerpo de Cristo.

Para enfatizar este discipulado que pertenece a todos los bautizados, cada año, el Cuarto Domingo de Pascua, la Iglesia celebra el Domingo del Buen Pastor y conmemora la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. Este año, el Papa León XIV, en su mensaje para esta jornada, nos invita a mirar hacia dentro. Nos dice que el descubrimiento interior del don de Dios es un momento de gracia. Por eso comparte con nosotros algunas reflexiones sobre la dimensión interior de la vocación: ese descubrimiento del don gratuito de Dios que florece en lo profundo del corazón.

El Papa, en su carta, nos habla del cuidado de la interioridad y del conocimiento mutuo. En el Bautismo, cada cristiano ha sido llamado por Cristo, el Buen Pastor, a seguirlo, para vivir en su presencia aquí y ahora, y por toda la eternidad en el Cielo. El Domingo del Buen Pastor nos recuerda que cada cristiano tiene una vocación —un llamado— a seguir a Cristo. En la Iglesia hay muchas vocaciones diferentes, pero todas nacen del mismo amor.

Dice el Papa: «Toda vocación es un don inmenso para la Iglesia y para quien la acoge con alegría. Conocer al Señor significa sobre todo aprender a confiar en Él y en su Providencia, que sobreabunda en toda vocación».

Todo cristiano tiene una vocación y está llamado a vivir en respuesta a Cristo y a su amor. Así como los recién bautizados en Pascua son invitados en este tiempo a reflexionar sobre cómo viven su llamado, también todos nosotros estamos invitados a pensar cómo vivimos nuestro propio llamado y de qué manera respondemos al amor de Cristo.

Continúa el Papa: «Del conocimiento nace la confianza, actitud que es hija de la fe, esencial tanto para acoger la vocación como para perseverar en ella. La vida, en efecto, se revela como un continuo confiar y encomendarse al Señor, aun cuando sus planes cambien los nuestros».

Al celebrar la Iglesia la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones en este Domingo del Buen Pastor, nosotros, los bautizados, recordamos que no debemos tener miedo de vivir nuestra vocación en el mundo.

Pensemos en san José. Él, ante el inesperado misterio de la maternidad de la Virgen, confió en el sueño divino y acogió a María y al Niño con corazón obediente (cf. Mt 1,18-25; 2,13-15). José de Nazaret es un icono de confianza total en el designio de Dios: confió incluso cuando todo a su alrededor parecía tiniebla y negatividad, cuando las cosas parecían ir en dirección opuesta a lo previsto. Él se fiaba y confiaba, seguro de la bondad y la fidelidad del Señor. «En cada circunstancia de su vida, José supo pronunciar su ‘fiat’, como María en la Anunciación y Jesús en Getsemaní».

Pero ser parte del rebaño no es suficiente. Hoy, más que nunca, la urgencia nos llama a algo más grande. Jesús, el Buen Pastor, nos invita no solo a ser ovejas que escuchan su voz, sino también a convertirnos en pastores con Él. Porque el mismo amor que nos guía nos envía. Tenemos la responsabilidad ineludible de guiar, acompañar, cuidar, caminar junto a los más frágiles. Estamos llamados a proteger al vulnerable y devolverle su dignidad como parte del pueblo santo de Dios. Cada bautizado, desde su lugar en la familia, en el trabajo, en la comunidad, está urgido a tender la mano, a levantar al caído, a devolver la esperanza al que la ha perdido. Eso es pastorear: imitar al Buen Pastor que da la vida por sus ovejas.


Dice también el Papa, animando especialmente a los jóvenes:

«Queridos hermanos y hermanas, queridos jóvenes: los animo a cultivar su relación personal con Dios a través de la oración cotidiana y la meditación de la Palabra. Deténganse, escuchen, confíen. De ese modo, el don de su vocación madurará, los hará felices y dará frutos abundantes para la Iglesia y para el mundo».

Y concluye el Papa:

«Que la Virgen María, modelo de acogida interior del don divino y maestra de la escucha orante, los acompañe siempre en este camino».