Caminando juntos en un mundo herido
Una inspiración misionera después de la Convención
de Directores de Vocaciones

Acabamos de regresar de la 29ª Convención Nacional de Directores de Vocaciones, organizada por la diócesis de Jaro en el Hotel Diversion 21 de Iloilo City, Filipinas. En este encuentro participaron siete obispos, entre ellos el arzobispo de Jaro, Mons. Midyphil B. Billones, quien en la homilía de apertura recordó que “las vocaciones conducen naturalmente al servicio y a la misión, y la misión da origen al surgimiento de nuevas vocaciones”.
De esta convención no solo regreso con apuntes de conferencias y homilías enriquecedoras, sino también con una esperanza renovada para mi compromiso misionero en Asia. Lo que vi y escuché me impulsa a compartir estas reflexiones para que puedan inspirar a otros.
Un mundo cambiante y una juventud herida

Los siete obispos coincidieron en una realidad: “el campo misionero está cambiando rápidamente, especialmente entre los jóvenes. Si no adaptamos nuestro enfoque, corremos el riesgo de hablar un lenguaje que ya no entienden”.
Muchos jóvenes de hoy no están simplemente distraídos; muchos están heridos. Provienen de familias fragmentadas, cargan heridas emocionales, luchan con su identidad y viven bajo la constante influencia de las redes sociales y la presión del entorno. Su mundo es ruidoso, confuso y muchas veces solitario.
En este contexto, la animación vocacional —y toda la labor misionera— ya no puede seguir siendo igual.
La vocación nace del testimonio

Uno de los mensajes más fuertes de la convención fue este: “la vocación no nace de programas, sino de relaciones y testimonio”.
Durante su intervención, Mons. Raul Dael, obispo de la diócesis de Tandag, recordó que las vocaciones se cultivan primero en la familia. Cuando los hijos ven a sus padres vivir con fe, amor e integridad, algo se siembra en sus corazones.
Esto nos interpela profundamente. ¿Nuestra vida como sacerdotes, religiosos, misioneros o animadores laicos es lo suficientemente creíble como para inspirar a los jóvenes a dejarlo todo y seguir a Cristo?
Si nuestras comunidades no reflejan una vida cristiana auténtica, ¿cómo esperamos que los jóvenes respondan al llamado de Dios?
Acompañar en lugar de juzgar
Mons. Raul Dael también insistió en algo muy importante: nuestra misión no es forzar vocaciones, sino facilitar encuentros.
Muchos jóvenes viven hoy relaciones inestables, confusión emocional y vínculos inciertos. Por eso, estamos llamados a no juzgarlos rápidamente, sino a caminar pacientemente con ellos para ayudarlos a encontrarse con Cristo en medio de sus heridas.

La crisis del mundo y la crisis vocacional

Mons. Jose Allan Dialogo, obispo de la diócesis de Sorsogon, habló de dos crisis que hoy se encuentran:
• una crisis interna: la disminución de las vocaciones;
• y una crisis externa: un mundo marcado por conflictos, presión económica e inestabilidad.
Estas dos realidades se encuentran en el corazón de los jóvenes. Muchos tienen miedo de comprometerse, mientras otros consideran que servir a la Iglesia no es práctico en un mundo que prioriza el éxito económico.
Sin embargo, esta situación también puede convertirse en una oportunidad profética. Las vocaciones que nacen en tiempos difíciles suelen ser más fuertes y más arraigadas en la fe.
Los jóvenes no necesitan escapar del mundo, sino aprender a vivirlo junto a Cristo. La vocación debe presentarse como un camino de comunión con Dios, con los demás y con un mundo herido.
Una crisis de fe

Cuando la fe se debilita en las familias y comunidades, también se debilitan las vocaciones. Muchos jóvenes reciben los sacramentos, pero sin desarrollar una relación profunda con Jesús.
También reconoció una realidad desafiante: muchos sacerdotes, religiosos y misioneros están espiritualmente cansados. Seguimos trabajando, pero a veces hemos perdido la alegría y el fuego del primer llamado.
Los jóvenes no se sienten atraídos solo por las palabras; se sienten atraídos por el testimonio. Si no ven alegría en nosotros, difícilmente creerán que Cristo puede llenar sus propias vidas.
Ir hacia las periferias de hoy

Muchos caemos en una “mentalidad de mantenimiento”, preocupándonos más por conservar lo que ya tenemos que por salir al encuentro de quienes están alejados.
¿Y dónde están hoy esas periferias?
• en los jóvenes que se sienten solos;
• en las familias heridas;
• y también en el mundo digital.
La misión hoy exige más que presencia física: exige escuchar, acompañar y entrar en las luchas reales de las personas.
Recuperar el silencio interior

Como recordó Mons. Jose Romeo O. Lazo, arzobispo emérito de Jaro, muchos nos hemos vuelto “ruidosos en la mente, pero vacíos en el corazón”. Hablamos mucho y organizamos bien las cosas, pero nuestras palabras pierden profundidad cuando no nacen de una verdadera vida interior.
La convención nos recordó que, para ayudar a otros a discernir su vocación, primero debemos recuperar el silencio, la oración y la interioridad en nuestra propia vida.
De lo contrario, corremos el riesgo de formar personas activas, pero sin raíces; expresivas, pero sin convicción profunda.
Discernir junto a los jóvenes

Los sentimientos cambian, pero el llamado de Dios permanece, incluso en medio de las dudas y dificultades.
Nuestra misión no es controlar las vocaciones, sino discernir junto a los jóvenes, caminando con ellos para ayudarlos a escuchar claramente la voz de Dios.
Una misión cercana y auténtica

• de enseñar a acompañar;
• de los programas al testimonio;
• de la comodidad a la misión.
Debemos salir de nuestras zonas de confort para acercarnos a quienes sufren, a las familias heridas y a los jóvenes que buscan sentido para sus vidas. Entrar en su realidad exige compasión, paciencia y autenticidad.
Los jóvenes no están perdidos. Están buscando en un mundo ruidoso, herido y muchas veces confuso.