Encuentros con Cristo Resucitado

Animación Misionera - Centroamérica

Los seres humanos somos seres sociales. Incluso aquellos que eligen voluntariamente el aislamiento siguen experimentando, en algún momento, encuentros fugaces con los demás. En los Evangelios, especialmente en el Evangelio de Mateo, capítulo 25, los criterios para pertenecer al Reino de Dios se expresan a través de verbos relacionales: dar de comer, dar de beber, acoger, vestir y visitar. El texto sugiere que todo encuentro auténtico con otra persona se convierte, de alguna manera, en un encuentro con Dios.

En este sentido, la Gran Comisión del Evangelio de Mateo (28, 18-20) abre una perspectiva aún más profunda: hacer discípulos de todas las naciones es sumergir a todos los pueblos en el amor dinámico del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La misión, por lo tanto, no consiste simplemente en transmitir ideas, sino en crear espacios donde la comunión, la escucha y la transformación mutua se hagan posibles.

El grupo local de Centroamérica del SME, inspirado por esta visión, organizó misiones de Semana Santa durante el tiempo pascual de 2026. Se enviaron más de treinta misioneros a diferentes parroquias de Honduras, Costa Rica y Guatemala para visitar a personas mayores, organizar encuentros con jóvenes y niños, y compartir la vida cotidiana con las comunidades locales, además de celebrar con ellas la Pasión, Muerte y Resurrección de Nuestro Señor. Intercambiaron historias sobre tradiciones, celebraciones, dificultades y esperanzas, descubriendo al mismo tiempo que la misión consiste tanto en recibir como en dar.

Para Victoria Zéron, esta experiencia misionera le permitió conocer a personas de otras regiones de Honduras y descubrir realidades diferentes a la suya. A través de estos encuentros, no solo aprendió sobre las comunidades que la acogían, sino que también descubrió nuevas dimensiones de sí misma y de su fe.

Aura Myrea Péres Lemus se unió a la misión con curiosidad, ya que nunca antes había participado en una labor misionera, ni siquiera en su propia parroquia. El encuentro con comunidades de diferentes realidades sociales marcó profundamente su experiencia. Recuerda especialmente la visita a Don Alonzo, que lleva diez años viviendo solo, y la alegría de los niños que, a pesar de carecer de muchas oportunidades, recibieron a los misioneros con franqueza y cariño. Describe la misión como una experiencia profundamente gratificante.

Otros destacaron la importancia de fomentar la conciencia ecológica y de aprender de las iniciativas ya presentes en las comunidades locales. Sin embargo, quizá el testimonio más elocuente surgió de la sencilla alegría compartida con los niños, especialmente con aquellos con discapacidad, cuya felicidad reveló que la dignidad humana y la capacidad de amar nunca están limitadas por las circunstancias.

Desde la Resurrección hasta Pentecostés, el tiempo pascual nos revela que el encuentro con Cristo resucitado nunca se vive en soledad. Las mujeres ante el sepulcro vacío fueron las primeras testigos de la esperanza, y su valentía abrió el camino a una comunidad unida en la fe, la diversidad y la caridad. Del mismo modo, estas experiencias misioneras nos recuerdan que Cristo sigue revelándose en cada encuentro: en los personas mayores que comparten su soledad, en los niños cuya alegría supera toda limitación, en las diferentes culturas y realidades que invitan a la escucha y al aprendizaje mutuos. La misión se convierte así en algo más que una actividad; se convierte en un encuentro vivo con Cristo resucitado, que llama a la Iglesia a ir más allá de las fronteras, a construir la comunión y a hacer visible el amor transformador de Dios en el mundo.