Misión a contracorriente:
Evangelizando en la tierra que nos acogió
¿Quién hubiera imaginado que el portugués, con acento del Nordeste, del Sudeste o del Sur de Brasil, terminaría resonando en las liturgias francófonas de la ciudad de Québec? Y sin embargo… así ha sucedido. La comunidad brasileña, que comenzó reuniéndose simplemente para aliviar la nostalgia de casa, ha terminado llevando nuevo ritmo a algunas comunidades católicas de la ciudad. Lo que iba a ser un pequeño espacio de acogida se está convirtiendo en un verdadero motor de renovación pastoral. El mapa misionero se ha invertido: ahora, quienes fueron “misionados” se han vuelto misioneros.
Todo comenzó hace unos quince años, de manera muy sencilla, con dos iniciativas: una animación musical cada dos meses en una misa en francés en la capilla de la Universidad, y un grupo de mujeres que rezaban el rosario en las casas. Con café y ese calor humano tan brasileño, las actividades fueron creciendo y transformando los encuentros en celebraciones. Hoy, la comunidad cuenta con más de cincuenta familias y celebra cada mes una misa en portugués presidida por Mons. Martin Laliberté, P.M.E., obispo coadjutor de Saint-Jean-Longueuil. ¡Un obispo canadiense que fue misionero en la Amazonía brasileña y que lleva a Brasil tatuado en el corazón!
Pero las actividades de la comunidad brasileña no se quedaron ahí. Lo que empezó como un pequeño grupo de música para las misas en portugués se convirtió en un ministerio que se multiplicó ¡y mucho! Además de animar las celebraciones mensuales, el grupo ahora organiza momentos de adoración al Santísimo Sacramento en portugués e incluso anima la misa de los jóvenes… ¡en francés! Cuando la música es buena y el corazón es sincero, el acento deja de ser un obstáculo y se convierte en un tesoro.
Otro ejemplo de este “bilingüismo misionero” es el grupo de monaguillos. Antes servían únicamente en las misas brasileñas. Hoy están plenamente integrados en las celebraciones de la comunidad francófona, cambiando el “paz de Cristo” en Portugués por un “la paix du Christ”en francés con la misma alegría.
La comunidad también se preocupa por transmitir la fe a las nuevas generaciones. Se creó un grupo de jóvenes en francés (sí, en francés) para ofrecer cada mes una experiencia de encuentro y fe, animado con mucho entusiasmo por Denise Araújo y Silvio Fragata, junto con su equipo. Porque no basta mantener viva la llama entre los brasileños; también es necesario encender nuevas luces allí donde vayamos.
Según Denise: “Lo que me anima a realizar este trabajo, en portugués y en francés, es recordar que la misión nos fue dada por Cristo y Él nunca nos puso límite en qué idioma debemos anunciarlo. Incluso con los desafíos, creo que nosotros, los inmigrantes, estamos llamados a ayudar a reavivar la fe (en Québec). Un sacerdote muy querido dijo una vez que ‘junto con las maletas, los inmigrantes traen también el rostro de Cristo Vivo.’ Eso es lo que me mueve: llevar a ese Cristo y compartir Su Palabra con quienes desean escucharla.”
Y como toda comunidad misionera, la lista de actividades no deja de crecer: catequesis en portugués, grupos de reflexión del Evangelio y momentos de convivencia que mezclan oración, amistad y ese toque irresistible de pan de queso o “brigadeiro” (pelotitas de chocolate) que nadie rechaza.
Miembros del equipo pastoral liderado por el párroco Padre Pierre Gingras, el diácono permanente Frederico Fontes y su esposa Isabela Fontes caminan con un entusiasmo contagioso, ayudando a construir puentes entre las dos comunidades lingüísticas.
Frederico comenta: “Cuando la fe cruza fronteras, necesita dos voces: la de la acogida y la de la memoria. Celebrar en francés es sembrar el Evangelio en la tierra que nos acogió; celebrar en portugués es regar las raíces de nuestra memoria que nos sostiene. ¡Y del diálogo entre estas dos voces nace mi alegría misionera!”
En resumen: los católicos brasileños que se unen a la comunidad local en Québec buscando un nuevo comienzo terminan aportando un nuevo sabor y ayudando a la Iglesia local a redescubrir el gusto de la fe. Una verdadera “misión a contracorriente”, hecha no de grandes discursos, sino de gestos sencillos, alegría espontánea y mucha música.
Porque, al final, evangelizar es eso: dejar que el Espíritu Santo traduzca el amor de Dios a cualquier idioma.


