Domingo Mundial de las Misiones
Cien años de historia al servicio del Evangelio

Tengo muy felices recuerdos del DOMUND. Cuando era niño, recuerdo el movimiento de estos días en mi parroquia: afiches, carteleras con fotografías de los misioneros, rosarios, testimonios. Los jóvenes del grupo juvenil se encargaban de vender las calcomanías con el logo del DOMUND y, en las misas de ese fin de semana, llevaban por las calles y casas las alcancías para que todos colaboraran con la misión. Era importante ayudar con nuestra oración y nuestro aporte económico a los misioneros más allá de sus fronteras.
Para mí, esta imagen de los misioneros era muy poderosa: hombres y mujeres alegres, de aguda inteligencia, sumergidos en la oración, con dotes casi sobrenaturales para cruzar ríos, atravesar tormentas, escalar volcanes y llegar siempre más allá de las fronteras para predicar con éxito la Palabra de la Buena Nueva. En mi mente infantil, un misionero era prácticamente un héroe, forjado para el éxito.
Sin embargo, ¿cómo se mide el éxito de una misión o de una empresa evangelizadora? ¿Por el número de conversiones? ¿Por las vocaciones? ¿Por las estadísticas sacramentales en los bautizos y confirmaciones? Nada más alejado de la realidad. La misión de llevar a los confines del mundo la alegría del Evangelio está impregnada de historias de aparente fracaso, derrotas y humillaciones, desde la mismísima predicación de Jesús. A Jesús le urgía anunciar un cambio de paradigma, una transformación total de la historia humana en historia de Salvación: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa» (Lc 19, 9).

Existen historias de un aparente fracaso misionero… como la del Padre Gaspar da Cruz, O.P. en Asia, especialmente en Camboya. Gaspar da Cruz fue un sacerdote dominico de origen portugués que llegó a las tierras del Imperio Jemer hacia el año 1555. Sus pocos años aquí los consideró un gran fracaso, pues no logró ver los frutos de su predicación. Sin embargo, aquí estamos siglos después por una semilla esparcida. Porque el Reino de los Cielos es como un sembrador que esparce sus semillas generosamente por los terrenos del mundo (cf. Mt 13, 3-9). La historia de la Iglesia en Camboya la conocemos bien: estuvo a punto de desaparecer tras la guerra y el genocidio del régimen de los Jemeres Rojos. Sin embargo, hoy contemplamos una Iglesia viva, con un gran número de jóvenes que se bautizan cada año, con religiosas, sacerdotes y agentes de pastoral camboyanos; una Iglesia dinámica y multicultural que pronto comenzará a enviar sus propios misioneros.
El Card. François-Xavier Nguyễn Văn Thuận es otra aparente historia de derrota humana. Siendo obispo coadjutor de Saigón, tras la caída de la ciudad en 1975, fue arrestado y pasó 13 años en prisión (nueve de ellos en estricto aislamiento). Finalmente exiliado, nunca pudo regresar a su querida patria, Vietnam, y falleció en el exilio en Roma en el año 2002 (actualmente con el título de Venerable). Desde el cautiverio, escribía apasionados mensajes de fe en los reversos de calendarios viejos que niños metían a escondidas, los cuales se convirtieron en el libro Cinco panes y dos peces. Se cuenta que muchos de sus carceleros encontraron la fe gracias a la mansedumbre, el perdón, el silencio y la profunda oración del obispo. Vietnam, a pesar de la persecución y las restricciones, es hoy una nación fértil con miles de creyentes que envía misioneros a tierras lejanas.


San Francisco Javier (1506–1552), el gran evangelizador de Asia y copatrono de las misiones, visitó innumerables lugares atravesando dificultades extremas. Según cuentan las crónicas, luchó arduamente con el aprendizaje de las lenguas locales y enfrentó constantes frustraciones. Murió con apenas 46 años en la desierta isla de Shangchuan, contemplando a lo lejos las costas de la China continental, el gran sueño evangelizador que no pudo completar en vida. Sin embargo, sus cartas apasionadas desde la India y Japón incendiaron el corazón de Europa y continúan llamando a miles de vocaciones a entregar la vida hasta los confines de la tierra.
San Francisco Javier dejó arder en sus corazón las palabras de Jesús en el Evangelio de hoy «Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21). Desde una perspectiva misionera, este texto cobra una urgencia radical:
- El César estampa su rostro en las monedas de metal para reclamar dominio político y tributo terrenal.
- Pero Dios ha estampado su propia imagen y semejanza en el corazón de cada ser humano (cf. Gn 1, 27). Y es allí, en el corazón, donde la semilla de otro mundo posible debe germinar.
Dar a Dios lo que es de Dios significa recuperar para el Creador la dignidad de toda persona humana. La misión no consiste en colonizar ni en buscar alianzas con los poderes del "César" de este mundo, sino en devolverle a Dios lo que le pertenece legítimamente: la vida, la libertad y el corazón de cada uno de sus hijos.
Santa Teresita del Niño Jesús (1873–1897), copatrona universal de las misiones junto con San Francisco Javier, murió muy joven (a los 24 años) en la clausura de un carmelo, sin realizar obras extraordinarias hacia el exterior más que desear llevar al mundo entero el Amor encendido de Cristo. Su vida terrenal no parecía material para un documental de canal de streaming. Pero Dios quiso volcarlo todo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes y las has revelado a los pequeños» (Mt 11, 25). Su «Caminito» —el camino espiritual de la infancia y la sencillez— fue una chispa que encendió un fuego abrazador. «En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el Amor... así lo seré todo: Misionero, Doctor, Mártir», escribió.


No hay que ser un superhéroe para ser discípulo misionero del Evangelio. Lo que estas historias demuestran es que Dios elige lo débil del mundo para confundir a los fuertes (cf. 1 Co 1, 27) y revela su amor a través de nuestras heridas para sanar las heridas del mundo. Porque sus cicatrices nos curaron…
Al cumplir cien años de la institución de la Jornada Mundial de las Misiones (1926–2026), renovamos nuestra vocación común. Hoy todos somos misioneros, no por mérito propio, sino porque somos todos uno en Cristo, unidos en la misma misión de llevar su amor compasivo y fiel a cada rincón de la tierra.
* Homilía del P. Pedro Emilio Ramírez para la comunidad angloparlante en Phnom Penh en el domingo mundial de las misiones 2026.