Como discípula, cuidar la creación desde la cuenca hidrográfica donde vivo
Este año, el Tiempo de la Creación nos invita a reflexionar sobre el tema: El agua viva.
Canadá posee una gran cantidad de agua. Esto puede contribuir a que seamos menos conscientes de la fragilidad de este recurso. Y, como cristianos, acogemos el agua como un don de Dios. Sin agua, no hay vida.
Canadá cuenta con cinco grandes cuencas hidrográficas. En Quebec, vivo y frecuento diversos lugares que forman parte de la cuenca hidrográfica del Atlántico.
En 2009 asistí a una conferencia de Ched Myers, teólogo estadounidense, durante un encuentro ecuménico en Ontario. Claude Lacaille, p.m.é., me había dado a conocer los libros de este autor ya en 2003, y había apreciado mucho los nuevos enfoques de Myers para releer el Evangelio de Marcos a la luz de la realidad.
Me interesé particularmente por sus reflexiones teológicas sobre la creación en un libro titulado Watershed Discipleship: Reinhabiting Bioregional Faith and Practice.
Podría resumir así lo que he retenido de mi lectura: ser discípula de Cristo cuidando la creación desde la cuenca hidrográfica donde vivo. Ante la inmensidad de la tarea de cuidar ese 70 % del planeta constituido por agua, la perspectiva de comprometerme con la cuenca hidrográfica del entorno donde vivo se me presentó como algo liberador y concreto.
Con el paso de los años, me di cuenta de que había tomado numerosas fotografías con las que podía formar un álbum que ilustrara una parte de la cuenca hidrográfica que frecuento. También visité algunos lugares para ampliar mi mirada, entre ellos un pequeño manantial en las colinas de Piopolis, en la región de Mégantic.
Esto me ayuda a ser más sensible a la necesidad de cuidar el agua, a seguir de cerca aquello que la protege o la contamina, y a prestar atención a los abusos o a su escasez.
Pero, sobre todo, me brinda la oportunidad de contemplar las cuatro estaciones: el agua viva del verano; el lago Mégantic, abundante en peces; el río Chaudière, recorrido por los pueblos de las Primeras Naciones; las inundaciones de primavera; los campos y la vegetación; el gran río San Lorenzo y el océano Atlántico, por los que navegaron mis primeros antepasados hace cerca de 350 años.
También puedo contemplar todas las plantas, todos los árboles, todas las aves y todos los animales que encuentran allí hogar y refugio; el hielo, la nieve, la escarcha y la lluvia helada, y dar gracias al Señor, Dios del universo.
* Fotos : R Grégoire









