Desgraciadamente los redactores del Evangelio trabajaron un poco apurados, o quizás les faltaba papel o tinta, y no se detuvieron para describirnos el entorno, el contexto, en que han sido pronunciadas las palabras que conservaron de Jesús. O tal vez, imitaron a Jesús; no quisieron dar demasiados detalles con el fin de dejarnos el placer de imaginar, de adivinar, de descubrir todo por nuestra propia cuenta. Juan admite que tuvo que cortar muchas cosas de la historia de Jesús porque si la hubiese escrito toda, dice, “creo que no habría lugar en le mundo para tantos libros”[5].
Jesús quiere que pensemos, que descubramos, que imaginemos a partir de lo que vivimos, de lo que sentimos, de lo que comprendemos, de lo que vemos ... Quiere que nos expresemos y participemos. En muchos lugares del Evangelio lo vemos interrumpido por un discípulo o un adversario que le hace una pregunta, le plantea una duda, le pone una objeción. A veces responde a una pregunta con otra pregunta. Otras veces es él mismo que hace las preguntas: “¿Qué dice la gente?... ¿Qué dicen ustedes?...” El sabe que los que lo escuchan o interrogan tienen la respuesta y hace todo para que esa respuesta salga de su escondite; así con Pedro, que en un principio contesta cualquier cosa, pero al final, sin darse demasiado cuenta, saca de sus adentros unas verdades sorprendentes. En fin, cuando nadie habla, Jesús provoca con una palabra o un gesto que choca. Reta a veces para suscitar reacciones, fomentar discusiones, iniciar diálogos e inducir a la reflexión
A los que gritan su miseria y quieren ser sanados, Jesús los oye por encima de la muchedumbre que lo rodea, por encima de la bulla, por encima de todo. Le gusta la gente que expresa lo suyo y que hace todo para hacerse oír. Y lo gracioso es que a un pobre que lo llama a gritos para que lo cure, Jesús le pregunta “¿Qué quieres que haga por ti?” ¡Como si no supiera! Y, cuando el enfermo le contesta: “¡Qué me cures!”, Jesús simplemente le dice: “Anda nomás, “tu” fe te ha salvado.”[6] Jesús no cura. Es el enfermo quien se cura a sí mismo, por su fe. “¡Levántate, agrega Jesús sin vacilar, toma tu camilla y anda!”[7]
Un día, Jesús se acerca a un pozo en busca de agua; tiene sed. En eso se arrima una mujer también en busca de agua porque también tiene sed. Sed del cuerpo, porque es mediodía y está haciendo un calor tremendo; sed de felicidad porque le fue mal con los varios maridos que tuvo; sed de Dios porque le gustaría saber en qué templo o en qué religión se puede mejor encontrar a Dios. Jesús entabla la conversación con ella. La escucha muy entretenido plantear sus cosas, decir sus convicciones, expresar sus dudas. Al final, probablemente maravillado por la espontaneidad, el pico y las cavilaciones de esa mujer, él le participa que el problema con los templos y las religiones es parecido al del agua de pozo: uno bebe de todo aquello pero siempre vuelve a tener sed. El mejor templo, la mejor religión y el mejor pozo está dentro de uno. En lo profundo del ser brota un manantial de aguas vivas que saltan hasta la vida eterna; allí nada envejece, nada muere, porque es allí donde vive Dios, el que apaga toda sed. Ya ha llegado la hora de superar lo de los pozos, templos y religiones y descubrir esa maravillosa realidad8.
Nosotros estamos acostumbrados a ver al sacerdote que nos enseña desde el púlpito leyendo unos papeles, o al catequista enseñando como un maestro o una maestra con un libro en la mano, o a algún pastor predicando “a tiempo y destiempo”[8]. Pero, la forma de enseñar de Jesús salía de su propio caminar junto al pueblo, más desde abajo que desde arriba, y con la participación activa de la gente. Su objetivo era que la misma gente descubriera por sí sola que el Reino estaba ya en medio y dentro de ella. Que ella era la tierra, una tierra tal vez con piedras y espinos, pero también con muchas energías para que la Palabra germine y fructifique. Que así como en la semilla está el árbol, así, en cada uno y en cada una está la verdad, está el conocimiento, está el desarrollo, están el pan, el vino, la fiesta, la vida; están la plenitud y el mismo Dios.
[1]Marcos 1, 22
[2]Mateo 5, 21-22
[3] Lc 5,22; Jn 10,14
[4] Lucas 10,21
[5] Jn 21,25
[6] Marcos 10, 51-52; Lucas 7, 50
[7] Lucas 5, 24
[8] Juan 4, 1-24