Kenya | Pour la vie des peuples

Te encontré finalmente en Kibera, Señor.

   TE ENCONTRÉ

FINALMENTE

                                    EN KIBERA, SEÑOR.

 

Darío Mejía

 

Nairobi

Que intensa me parece la vida durante tres horas, cuando visito Kibera. Trato de encontrar las palabras para describir lo que vivo, lo que siento, para compartir lo que se mueve en mi, lo que me ha marcado. Recuerdo unas frases de aquellas reflexiones vocacionales que leí hace doce años en diferentes libros de los Misioneros Combonianos y aquellos cantos de Inés de Viaud que marcarón mi vida: “Abre tu corazón” y “Te encontré en la calle, Señor”. Las letras toman carne, huesos, espirítu, las escucho y las veo en los niños, las niñas, jóvenes, ancianos y ancianas, en mis hermanos y hermanas de Kibera. Ahora son Sacramento: Te encontré finalmente en Kibera, Señor.

Allí está Celestina en su humilde casita que es en realidad un pequeño cuartito donde vive con su mama. Casi no tiene nada para comer y tiene muchas recetas médicas guardadas en una bolsita plástica. Con cuidado, su mama, nos las enseña y nos cuenta lo que sufre. Nos habla en la lengua de su corazón: Kswahili. Su mamita nos expresa su sentir con su mirada y sus palabras. Celestina necesita tomar muchas medicinas al día para recuperarse, pero no las tiene porque no tiene el dinero para comprarlas. Celestina, está sentada en su camita, ha perdido su vista, quiere ver de nuevo, quiere seguir estudiando, aprender, pero no puede porque esta esperando una operación para recuperar su vista. Tiene una extraña enfermedad en su Rostro y en su Cabecita. Coronada de espinas. Alli está su mama, acompañándola, al pie de la cruz.

Zofía, tiene ocho meses, balbucea la lengua de su corazon: kswahili. Sonríe, nos ponemos a jugar un ratito. Su abuelita y una tía nos cuenta su historia, la luz entra por la pequeña puerta de aquella casita-gruta en Kibera-Belén. Su mama, esta enfermita también. Las dos han sido diagnósticadas VIH positivo. Su abuelita las cuida. Tienen poco para comer, en realidad no tienen casi nada y necesitan medicinas para sobrevivir, pero no tienen nada con que comprarlas. Los tres: mis dos compañeros y yo, escuchamos mientras Edwin, un joven Keniano quien es nuestro guía, nos traduce el mensaje. Al final nos ponemos a hablar con Dios todos y todas en la casita, pidiéndole que nos ayude a hacer realidad un nuevo camino.

Juan tiene 19 años, quiere estudiar y aprender para encontrar un buen trabajo y asi lograr un mejor presente y futuro para él y su familia, por eso camina kilómetros para ir a la escuelita, sin comer. Regresa bien tarde, de noche, cansado, con hambre. Con hambre y sed de justicia, en un país donde los poderosos lo acaparán todo y no le dejan nada a él y a su familia. Hambre y sed de Justicia. Lo expresan sus ojos, su profundo silencio tan elocuente. El cuida de su mama y de su hermanita. Su mama esta enfermita y su hermanita, Elizabeth, quiere estudiar también para salir adelante. Después de un momento de silencio, entra una brisa suave a la casita-cuartito donde estamos apiñaditos, bien cerquita uno del otro, y Elizabeth mira hacia afuera a través de la puerta abierta, esperando y deseando escuchar la humilde, profunda y tremenda proclamación de El Magnificat (Lc 1,46-55), proclamación que tanta falta hace en Kibera.

Una familia musulmana le ha dicho a mama Sabina, la mama de Edwin, nuestro guía, que quieren que les visitemos. La familia le dijo a mama Sabina: “Traiga a los hermanos, queremos compartir con ellos”. La respuesta no se hace esperar. Nos ponemos en camino. Mama Sabina nos acompaña, ella es nuestra guía en esta oportunidad. Entramos a la casa, nos saludamos en kswahili. Inicia el encuentro. Estan contentas de vernos. Nos hablan del mes de Ramadan, del ayuno, la oración, del Corán. Mientras la plática continua, la mama, que nos ha invitado y acogido con alegría, trae un huacalito y un pichelito con aguita tibia. También trae con ella una toallita. Después de compartir las palabras vamos a pasar a otro momento significativo. Se acerca con reverencia hacia nosotros, y a uno por uno nos ofrece aguita para  lavarnos las manos. Lentamente deja caer el agua sobre nuestras manos, nos lavamos y nos secamos las manos con la toallita. Ya estamos listos para la comida. Colocan la comida sobre una mesita que esta cubierta con un sencillo mantel. Sobre la mesita hay jugo de naranja y una especie de pan. Nos ponemos a comer juntos. Los niños y las niñas de la casa se ponen a jugar en medio de nosotros, bien saben que ese día es especial, hay que celebrarlo porque es el culmen del mes de Ramadan, porque sus familiares estan sentados, comiendo, platicando, sonriendo, compartiendo junto a los hermanos y la hermana que les han visitado. Los niños y las niñas han dejado abierta la puerta, entra más luz a la casa, hace un poco de calor. El sol está brillando fuerte, de pronto entra una brisa suave a través de la puerta abierta, y por un momento lo siento como la brisa suave que se viene en Semana Santa, cuando se celebra la Pascua en El Salvador.

Al final de nuestra jornada nos despedimos de mama Sabina. A pesar de que las calles de Kibera no han cambiado en nada cuando regreso a casa, El Camino de regreso a casa ya no es el mismo. En mi interior empieza a hacerse realidad lo que mis hermanas y hermanos kenianos de Kibera han pedido en la oración, se inicia El Nuevo Camino. Porque ya no quiero regresar por el mismo camino por el que llegué. No sé como, y tampoco puedo explicarlo, pero ha llegado el momento de comenzar un nuevo camino. Mientras camino, cada paso me sabe tan diferente… y en el silencio del corazón una Persona: Cristo Africano Crucificado.

Darío Mejía.