
Pinar del Río, 16 de mayo de 2011
Una de las más bellas expresiones del amor de Dios en estos tiempos, es el sacramento del Orden Sacerdotal, don que afecta a todos, católicos o no, pues el sacerdote está siempre presente en nuestras vidas: al celebrar el nacimiento de un nuevo miembro de la familia, o al llorar la muerte de un ser querido, cuando nos llenamos de gozo en un matrimonio o cuando necesitamos consejo, guía y aliento. El párroco ora por todos, por la conversión de los que no creen, y por la reconciliación de aquellos que se han alejado de la Iglesia.
Al contemplar la vida de un sacerdote que ha dado buen testimonio de su fe, “vemos sus fortalezas y debilidades. Pero no vemos detrás de bambalinas, donde nuestro Señor, amoroso y fiel, ha ido revistiendo su alma con una vocación sacerdotal, guiándolo hasta la ordenación”(1) .
Y el tapíz que nos mostró el P. Guido Rivard, p. m. é., en sus más de 54 años de servicio en nuestra Patria, nos revelaba un delicado tejido hecho por las manos de Dios.
Misionero incansable en la parroquia de Artemisa, donde fue párroco un tiempo, y luego en Santa Teresa de Jesús, en Mariel, donde atendía alrededor de 14 Comunidades Eclesiales de Base (CEBs), partió a la casa del Padre el pasado 8 de mayo del 2011, dejando una huella de cariño y respeto entre todos los que lo conocían.
Este sacerdote canadiense llegó a Cuba con la edad de 26 años, lleno de sueños para hacer realidad la evangelización en esta tierra, pero a pesar de que sus proyectos se troncharon cuando la orden fue expulsada de Cuba en el vapor “Covadonga”, en 1961; después de protestas del gobierno Canadiense, le permitieron regresar a los pocos meses, para continuar así la obra iniciada y llegar a cumplir en Cuba sus 50 años de consagración a Dios. Se retiró a su país de origen sólo por obediencia a sus superiores, pero mantuvo una sistemática correspondencia con la comunidad parroquial de Mariel, donde se interesaba por toda la vida pastoral de la parroquia.
Cura de pobres y enfermos, caritativo y familiar, entregado por completo, sabía también llamar las cosas por su nombre y no reparaba en medias tintas cuando se trataba de proclamar el radical Evangelio de Jesucristo y de defender la dignidad del ser humano.
Entre los recuerdos que aparecen en la mente y el corazón de sus feligreses está el testimonio de cercanía al pueblo, cuando en los días de afectación eléctrica a raíz del paso de los huracanes Isidoro y Lily, en el año 2002, tuvo la posibilidad de irse para la Casa Provincial que radicaba en La Habana y sin embargo hizo opción por permanecer en Mariel, a pesar de las incomodidades.
Quizás para los que no teníamos mucha relación con él, su paso por nuestra vida sea sólo el recuerdo de alguien callado en los Consejos Pastorales, que acogía las iniciativas de las Comisiones Diocesanas y trataba de colaborar de manera sencilla, sin embargo, al preguntar por el P. Guido a los que sí le conocían, descubrimos que fue un hombre que supo decirle al Pueblo de Dios, con su ejemplo diario, que el sacerdote es un don para ese pueblo, a fin de que sea alimentado y fortalecido.
Pido a Dios que nos conceda la gracia de tener buenos sacerdotes, y que cada hombre y mujer “recuerde que mientras nos da el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Eucaristía, es el mismo Cuerpo que María llevó en su vientre, que trajo al mundo y que lloró en el Calvario”1 porque ahí donde viven y trabajan, con sus defectos y virtudes, hacen presente a Dios en medio de la Comunidad.
Corone Dios de Gloria al P. Guido, por su vida de servicio al pueblo cubano.
(1) Briege McKenna, osc. Con Herny Liebersat. Los Milagros sí ocurren.